Ilustración: Ruben Ireland
Tiene un escalofrío. Imposible zafarse del miedo que paraliza sus músculos y cose sus labios. Tiembla cogida a sus rodillas debajo de las sábanas y se reencuentra con su pasado, cuando temía al monstruo que merodeaba por su habitación y toquiteaba sus juguetes. Ella permanecía toda la noche sin pegar ojo, calibrando si la respiración del monstruo se hacía más o menos cercana. Alguna vez atisbó por el borde de las sábanas, pero el hedor a monstruo siempre le hacia recular antes de verle.
Un portazo, unos pasos y su voz la devuelve a un presente que no era más agradable, sino mucho peor. Se había casado con otro monstruo.
Sabía que de nada servía hacerse la dormida, pero le daba igual. Cerró los ojos. No quería ver. Tuvo otro escalofrío y un hervidero de aterrados látidos le oprimió el pecho. Apenas podía respirar… Ya estaba allí. El olor a tabaco negro así lo anunciaba, se filtraba por debajo de la puerta de la habitación que pronto se abriría. Así fue.
Sin moverse escuchó su respiración, tosió en un par de ocasiones y se dejó caer en la cama soltando un soplido. No tardó en viciar el aire de la habitación su aliento resacoso. Se preguntó si las cuatro de la madrugada sería demasiado tarde para seguir de mal humor, aún le dolía el brazo y los riñones le daban pinchazos. Una moribunda esperanza la indujo a pensar que quizá aquella noche el monstruo la ignoraría, que estaría demasiado cansado y borracho, que los monstruos también duermen.
Una garra aspera se abre paso entre sus muslos y acaba con las fantasias de la maltrecha esperanza. Luego el susurro. Un susurro ronco, abrasivo, y gélido que vierte en su oído derecho.
- Sabes que no te sirve de nada hacerte la dormida…





qué miedo
Los monstruos es lo que tienen, no saben dar nada más.
Es delicioso el texto… te felicito
Muchas gracias Anabel. Un beso.
En el armario escondido, la miraba con ojos tiernos… la había seguido a lo largo de toda su vida. Desde que ella tenía 4 años y empezó a tener una habitación para ella sola. Desde que en esa habitación sus padres le pusieron un armario para guardar su ropa. Desde que ella le creó cuando se quedaba a oscuras en el cuarto y miraba a todos los rincones de la habitación desde la cama sin atrever a moverse.
La conocía casi tan bien como si fuese ella misma, sobre todo por la noche. Cuando se acostaba y en invierno se tapaba hasta las cejas… y solo a veces sacaba una pierna por debajo del edredón para buscar cierta sensación de frescura.
Siempre le había costado dormirse, daba vueltas y más vueltas sobre sí misma como buscando la posición ideal que jamás parecía encontrar. Y una vez se dormía su respiración se tornaba relajada y entre abría un poco la boca separando esos labios rojos pasión que le había pintado la vida. A veces le pasaba que se despertaba abruptamente a media noche debido a una pesadilla.
En la primera fase de su relación, la mayor parte de las veces él tenía la culpa de esos sueños truncados de madrugada. Y entonces ella al despertar, asustada, repasaba de nuevo a cada uno de los rincones buscando sombras que se movían, figuras desconocidas, ruidos anormales, e indicios de él, pero él siempre estaba escondido dentro del armario y ella jamás le veía, solo sentía en ocasione su presencia. Pero ahora ella ya casi no pensaba en él, le había olvidado por completo. Ahora el terror que vivía era real, y esa quizá era más espantoso que cualquier de los miedos imaginarios que uno tiene esperándole en la oscuridad de la habitación. “Los monstruos no existen” le decía sus padre al entrar en la habitación en esas noches duras y largas de infancia, y ella no le creía, porque no era así, só existían. Y los monstruos existen sí, pero no como ella se los imaginaba, seres horribles, con dientes afilados, nariz gigante, cuernos en que les sobresalen de la cabeza, garras en vez de manos, lengua verde, ojos inyectados en sangre, piel gruesa y llena de granos y siempre con hambre voraz de niñas pequeñas indefensas que se quedan solas en completa oscuridad en su habitación…. El monstruo que ella había conocido era de carne y hueso y la visitaba cada noche, siempre con el mismo ritual y las mismas pautas, los mismos lloros, los mismos gritos, los mismos golpes, y el mismo silencio solo roto por las lágrimas que le resbalaban por las mejillas de su maltrecha cara.
Pero esa noche iba a ser diferente. Esa noche él le iba a demostrar quién era el verdadero monstruo, de quién se debía tener miedo por la noche al apagar la luz de la habitación. Cuando se le acercó con ese aliento apestado a vino barato y en la mano el cinturón del pantalón susurrándole al ido “no te servirá de nada hacerte la dormida”, y ella tembló debajo de las sábanas, él salió del armario sin pensárselo dos veces emitiendo un gruñido sobrecogedor de rabia e ira. La vida para ella se congeló en ese momento. Vio cómo del armario salía una enorme figura horrenda, esa que siempre había imaginado escondida por las noches mirándola y esperando. Cogió por el cuello a su marido tapándole la boca con su garra enorme, destrozándole parte de la cara. Su marido solo pudo en ese momento ahogar un grito de sorpresa y dolor antes de desaparecer con los ojos desorbitados dentro del armario con el monstruo alargando la mano hacia ella buscando ayuda.
En ese momento ella dejó de tener miedo, por primera vez en su vida.
Me fascina tu imaginación, dale un par de besos de mi parte.
Por cierto me encanta como escribes!!
Eché de menos una despedida, la tuya, claro. Me entristeció aunque no fuésemos nada, solo dos equilibristas ciegos que han jugueteado un rato con las palabras, pero mira, ahora estoy contenta.
Pues a mí me encanta leerte.
Creía que no hacía falta una despedida contigo, sé dónde puedo intercambiar unas palabras, relatos, momentos contigo… en tu cuartito!! el mío por ahora está en construcción, no tengo tiempo para pensar tranquilamente y moldearlo… aunque es un proyecto que sigue en mi mente.